Comencé a leer novelas a la edad de los once años, durante dos años los libros de Paulo Coelho alimentaban mi apetito lector, me gustaban sus libros, eran dulces y empalagosos, como los cuentos de Disney donde siempre hay un mago y el personaje principal tiene que creer en él, ser buena persona y al final consigue una vida maravillosa.
Fue a mediados de los 14 años de edad que mi madre me compró "Cien años de soledad", era una edición especial del diario El Nacional, carátula dura, amarilla y negra. Pero en ese momento yo solo ví las 400 y pico de páginas que tenía que leer, eso hizo que guardará el libro por lo menos dos semanas después de haberlo recibido.
Al principio no entendía nada sobre Cien Años de Soledad, estaba acostumbrada a una literatura lineal, a leer "Érase una vez..." o "El muchacho se llamaba Santiago y empezaba oscurecer...". En fin, pensé que ningún libro podía comenzar de atrás para delante o viceversa, seguí leyendo poco a poco, hasta que sin darme cuenta fui parte de Macondo, ese pueblo imaginativo parecido a cualquier país de nuestra latinoamerica.
Me enternecí y erizó la piel cuando iban a fusilar a Aureliano Buendía, por un momento sentí envidia de Remedios La Bella y me persigné cuando Amaranta tuvo un romance con su sobrino, Aureliano José. Se me salio una lagrimita cuando Úrsula Iguarán se quedó ciega y en mi adolescencia como no me gustaba aún un muchacho, pensé que era como Aureliano que había nacido para no amar a las personas.
Desde el día en que Macondo desapareció de la faz de la tierra, dejé de leer Paulo Coelho y comencé a buscar escritores latinomericanos, como los cuentos de terror de Horacio Quiroga o la cruda realidad que pinta Vargas Llosa en La Ciudad y Los Perros, hasta las historias persas de Las Mil y Una Noche.
Recuerdo haber desempolvado una biblioteca con libros de hojas de periódicos que dio el gobierno de Chávez cuando pase a secundaria, no recuerdo cuantos libros tenía esa cajita con los colores de la bandera, pero leí la mayoría, desde Cantaclaro hasta ¿Por quién doblan las campanas ? de Hermingway.
Ciertamente a los seis años de edad aprendí a leer, pero realmente aprecié ese don de la comunicación, única en los seres humanos cuando leí Cien Años de Soledad, que despertó en mi la curiosidad y me abrió las puertas a un mundo mágico donde he hasta volado. Por eso tengo que estar agradecida con mi madre y especial con Gabriel García Márquez quien me involucró en ese realismo mágico e hizo que apreciera los buenos libros, historias poderosas que hacen que crezcan cada día mi imaginación, me alimentan y nutren. Realmente son estimulos para el alma.
#GraciasGabo por Cien Años de Soledad y por muchas cosas más.
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